domingo, 20 de junio de 2010

La casa roja.

Y él entró, no tocó la puerta sino que simplemente entró. Al parecer algo lo hizo sentir "como en casa". Adentro habían varias personas, muchas, demasiadas, pero aún había espacio para más en ese lugar. Por fuera la casa se veía tan pequeña, pero por dentro, era mil veces mas grande. Las paredes eran rojas, muy rojas, y por ellas corría abundante salsa de frutilla. El joven comenzó a recorrer la casa, para ver si encontraba algún conocido, y encontró algunos, eran personas que él había conocido hace muy poco tiempo, pero al menos eran conocidos. Hablaron un rato, pero luego él siguió recorriendo la casa, buscando algo o alguien, quién sabe.
Recorriendo y recorriendo se encontró con más conocidos, éstos estaban en el piso superior, en el piso donde sólo algunos podían subir y no sé cómo, de qué forma, él lo pudo hacer, sin dificultad y eso que ésta era la primera vez que el conocía aquella casa. El dueño de la casa lo apreciaba muchísimo, sin duda. Así el muchacho, ya dentro de la casa y obviamente en el "exclusivo" segundo piso se sintió verdaderamente como en casa e hizo lo que quizo dentro de ella, luego, un día cualquiera, él decidió salir de ahí, y sin miedos, porque sabía que la puerta de la roja casa estaría abierta siempre para él. Quizá ese fue un gran error del dueño de casa, pero era totalmente inevitable. Después de que el joven caminante dejó la casa, muchas de las personas que se encontraban dentro y fuera de ella se acumularon a ver lo ocurrido, en la última pisada del muchacho, justo ahí, el piso estaba roto, destrozado, y todos los que se encontraban mirando el espectáculo notaron que reparar eso sería casi imposible.




Paz.

1 comentario:

  1. leyendo y leyendo me eh dado cuenta, que has de ser una persona demasiado filosofica.


    Besitos.

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